jueves, 18 de abril de 2013

Libre de culpas

Ángel Lara Platas 

No existe un dato preciso que nos indique cuándo y dónde nace la corrupción.
Lo que ahora se ve, es que la corrupción ya adoptó todas las características de una enfermedad endémica, tan perjudicial como el mismo cáncer; solo que más extendida.
En México sigue creciendo la percepción de la corrupción. En la sociedad prevalece la idea de que no se hace mucho por combatirla. Recurrentemente se comenta que en nuestro país no se castiga a los infractores de la ley. Resulta por demás obvio que al confirmarse que no hay castigo para los infractores, los practicantes se aplican de manera por demás acuciosa. Ahí está, por ejemplo, la Estela de Luz, llamada por algunos desconsiderados como “la estela de pus”, que se presupuesto en 400 millones de pesos y terminó costando mil doscientos millones. 
El mejor traje de gala de la corrupción es la impunidad. Mientras no haya castigos ejemplares será muy difícil la instauración de la transparencia y la rendición de cuentas.
Lo malo es que la corrupción está poniendo en crisis a la administración pública. Hay quien trata de investigar si el mencionado mal está ubicado como una sub cultura de los mexicanos, difícil de erradicar, o si tan solo con medidas más estrictas y una agresiva campaña de concientización, se pudiera dar marcha atrás a estas actitudes lacerantes para la sociedad.
Lo peor de todo es que la corrupción convierte a los buenos en malos y a los malos los conserva. Pero no hay regresión.
Algunos con ironía dicen que la corrupción se parece a la muerte: el que se va ya no regresa.
La corrupción podría disminuirse aplicándole transparencia al ejercicio de los recursos públicos, y haciendo pública la rendición de cuentas.
Aunque se insiste (más en descargo de culpas que de otra cosa), que la corrupción es de dos partes: el que da la mordida y el que la recibe, mientras el gobierno no utilice procedimientos más prácticos y expeditos para el pago de las multas –por ejemplo-, la participación de las dos partes será un tanto forzada.
El mejor ejemplo de que la corrupción es uno de nuestros valores éticos, fue la repuesta de un agente de tránsito en ese entonces ubicado en la Avenida Zaragoza de la Ciudad de México, a la pregunta de un moralino conductor que le reclamó por el descaro del agente al solicitarle la “mordida” por la infracción cometida. El agente de Tránsito, despojado de todo rubor y levantándose la gorra con la punta de los dedos de su mano extendida tocando apenas su frente, como copiando el saludo militar, le contesta con voz sonora y achilangada al infractor: “Jefe, lo que yo hago es pura simplificación administrativa. Si usted paga en la ventanilla le va a salir más caro y va a perder mucho tiempo, conmigo el trámite es más ágil”.
El genízaro lo decía convencido de que hacía un servicio limpio y correcto a los infractores.
Claro, los mismos argumentos nada más que al revés, son utilizados por la parte corruptora.
Otro de los ejemplos que más fijan los criterios antimorales, es la frase de un servidor público que les dice a sus colaboradores: “Hay que llevarnos todo porque me dicen que los que vienen son bien rateros”.
La corrupción está encarnada en la propia sociedad. Por la corrupción existen jueces que venden su decisión, y licitaciones que las gana el peor postor.
Al problema de la corrupción agregamos otro problema que es bastante característico de los mexicanos: la mentira.
Vivimos en medio de la mentira, convivimos con ella, la tenemos como un modus vivendi. Más que un estilo de vida es ya una cultura. No más falta que algún legislador obsequioso proponga que se eleve a rango constitucional.
La mentira y la corrupción están golpeando muy fuerte a nuestro país.
Para desahogo de nuestra conciencia ciudadana, justificamos que la corrupción existe en casi todos los países del mundo. Hasta en el Vaticano hay corrupción. Sin embargo, de acuerdo a las mediciones de transparencia internacional, los países más desarrollados son los menos corruptos.
Hay que aclarar que la corrupción no es privativa de la cosa pública. En las empresas privadas también existe la corrupción. Ahí está el caso de Wall Mart y sus altísimos sobornos para obtener los permisos de autoridades municipales o estatales, a fin de instalar sus tiendas en lugares con uso de suelo diferente al conseguido.
También es una forma de corrupción cuando no se tiene el perfil para un puesto y, a pesar de ello, cobrar las quincenas.
Por la idea de la corrupción, el ciudadano común se niega a pagar impuestos.
Por la corrupción, el gobierno muestra efectividad en tan solo un 33%.
Pero por otro lado, sale muy caro vigilar la administración pública.
Los integrantes de la Cámara de Diputados son los encargados de vigilar las cuentas públicas. Sin embargo, ellos no son los que predican con el ejemplo, tienden a manejarse con opacidad.
Luego entonces, la frase que mejor encajaría aquí sería la que utilizó Jesús para impedir que los fariseos apedrearan a una mujer adúltera:
“El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” (Evangelio de Juan capítulo 8).
Mi personal reconocimiento al Doctor René Mariani Ochoa, coordinador del Foro de Transparencia y Combate a la Corrupción.
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