jueves, 7 de agosto de 2014

A propósito del ébola: Poe y la Muerte Roja

Armando Ortiz
El Hijo Pródigo

Edgar Allan Poe es sin duda el maestro del cuento clásico, de hecho, el concepto de cuento como lo conocemos hasta el día de hoy surge a partir de este escritor norteamericano nacido en Boston en el año de 1809, en el seno de una familia de actores. El padre desaparece dejando a los hijos con la madre quien muere en el año de 1811. Edgar es recogido por un rico comerciante, John Allan, que le da su apellido.
Después de estudios fallidos en un colegio de Inglaterra, el autor regresa a Richmond donde vivían su padres adoptivos, y después de intentar llevar una vida normal de universitario y ante las fuertes discusiones con su padrastro y una decepción amorosa, termina en Boston donde pública por su cuenta Tamerlane and other poems. A partir de entonces la azarosa carrera literaria del escritor estará marcada por altibajos emocionales y descalabros económicos.
En 1842 publica el cuento “La mascar de la Muerte Roja”, cuento gótico donde la imaginación del autor se inflama para representar esa época, la Edad Media, etapa de la Europa que nosotros conocemos como oscura e insondable. El tema del cuento es la “Peste negra”, esa epidemia que devastó Europa a mediados del siglo XIV.
No hay duda de la violencia y del impacto dramático de la peste entre 1348 y 1350. Muchos fueron los cronistas que documentaron en sus textos la devastación humana causada por la enfermedad; fueron testigos de que, en muchos lugares, casi todos los habitantes sucumbieron, y sólo sobrevivieron unos cuantos. Por ejemplo Boccaccio, en la introducción a la Primera Jornada del Decamerón, calcula que murieron 100.000 personas, entre marzo y julio de 1348, tan sólo en Florencia, Italia, su ciudad natal; cifra exagerada que quizá representara la totalidad de la población de la ciudad. Se calcula que a finales de 1350 había muerto un tercio, o más, de toda la población europea y está demostrado que en las áreas más afectadas de Europa, más de la mitad de la población pereció. No asombra que en el cuento “La máscara de la Muerte Roja” el motivo principal sea la muerte.
A diferencia de los personajes del Decamerón, quienes se guardaron para no sufrir los estragos de la peste en una fortaleza y se pusieron a narrar historias, en el cuento de Poe, los invitados eran amigos del poderoso príncipe Próspero y su encierro era, si bien para librarse de la peste, también para darse a una vida de desenfreno y excesos.
Hicieron los arreglos necesarios para alejarse de la peste que desolaba a los pueblos. El texto plantea los motivos egoístas de los cortesanos resguardados: “Con tales precauciones –alimento, agua, bebidas, mujeres, hombres y entradas y salidas completamente selladas-, los cortesanos podían desafiar el contagio. ¡El mundo exterior se las compondría como pudiese! Entre tanto sería locura lamentarse o preocuparse”.
El príncipe decide, para matar el aburrimiento, organizar una fiesta, una bacanal en la que los invitados deberían asistir disfrazados, portando máscaras. Los adornos de los salones del castillo en los que se habría de llevar a cabo la fiesta fueron en verdad singulares. Siete salones saturados de un solo color cada uno: había un salón azul, uno verde, uno naranja, uno blanco, uno violeta y el séptimo era completamente negro, con las ventanas de un rojo escarlata semejante a la sangre. La fiesta se desarrolló en los excesos y un reloj de péndulo marcaba cada hora haciendo estremecer con su sonido a los invitados. Así, cerca de la medianoche, cuando en el reloj suenan las estremecedoras doce campanadas, aparece un ser en el que no había reparado nadie: “El personaje era alto y delgado, y se amortajaba de la cabeza a los pies con los ropajes de la tumba. El parecido de la máscara que ocultaba su rostro era tan semejante al de un cadáver. (…) Pero la máscara había llegado al extremo de adoptar el tipo de la muerte roja. Su vestido estaba salpicado de sangre y su frente ancha, lo mismo que todos los rasgos de su cara, estaba regada por el horror escarlata”. Sí, a pesar de los cerrojos, a pesar de todas sus precauciones, la peste había entrado al castillo y así arrasó con el príncipe Próspero y con todos sus invitados.
El texto nos puede parecer alegórico, quizá más que fantástico. La Muerte Roja puede ser en términos fantásticos, un fantasma, un demonio que no puede ser mantenido fuera por cerrojos; pero también pudo haber sido un mendigo que encontró una abertura y que justo a las doce de la noche se paseo por ahí regando la peste. Sin embargo el narrador nos refiere que la Muerte Roja es un abstracto que se concretiza en ese ser que cobra venganza: “La muerte Roja había venido como un ladrón en la noche, y uno por uno fueron cayendo los libertinos en las salas de la orgía regadas de sangre muriendo cada uno de ellos en la desesperada posición de su caída”.
La peste, dicen los teólogos, es la espada vengadora de Dios, uno de los jinetes del Apocalipsis que cabalga en cualquier lugar, sin que los hombres puedan hacer nada por impedirlo.
Dulces sueños…

aortiz52@hotmail.com


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