“Huracán, huracán que te llevas el mundo a volar huracán, huracán que conviertes mi huerto en campo desierto huracán”
Silvio Rodríguez
El intempestivo viento azotó en la playa donde acampábamos quienes, convocados por don Juan Bernard, acudimos a aquél torneo de pesca del “Baloncito de Xalapa”.
Toldos, sleepings, cañas de pescar, comida, vasos; tal cual en la historia del Mago de Oz, el ventarrón arrasó con todo a su paso como en un tornado.
Esta “Nutria Marina” y escritora alcanzaba los 13 años de edad. La pesca durante el día fue buena y, por la noche, antes de dedicarnos a lanzar la caña en busca del pez más grande para ganar el torneo, decidimos –como siempre- reunirnos con los amigos al calor de la fogata, alimentar el cuerpo con sándwiches y botanitas, y el alma con las carcajadas provocadas por la convivencia sana y amistosa; además de esperar a que el viento cesara pues éste dificulta la pesca.
Sotero, Abelardo Méndez Vega, Jorge García Gómez, Arturo Méndez Román, y Santiago Hernández Gómez, son algunos de los pescadores, colegas y amigos de mi papá, Carlos Bravo, que acudieron al torneo y, en la mayoría de los casos, se hicieron acompañar por sus retoños de diferentes edades para convivir e inculcarnos la pasión por la pesca.
Permanecimos bajo el toldo después de la cena, alumbrados por la luna, la fogata y algunas lámparas de mano, fue entonces que aprendí a jugar “siete loco”. Mi padrino Jorge García, ocurrente y simpático, propuso que lo jugáramos; sentados en círculo cada persona dice un número en secuencia, pero cuando se trata de un múltiplo o número terminado en siete se debe aplaudir. Un juego que requiere concentración, pone a trabajar el cerebro y que, entre risas chistes y bromas, resulta muy divertido pues constantemente hay quienes se equivocan y deben recibir un castigo.
La espera era larga, las ganas por tirar la caña crecían junto con el viento que cada vez azotaba más fuerte hasta que, en un respiro se desató feroz para barrer ese pedacito de mundo.
Toldos, sleepings, cañas de pescar, comida, vasos, tal cual en la historia del Mago de Oz, salieron volando por doquiera. Inmediatamente corrimos tras las cosas en su rescate.
Dicen que después de la tormenta viene la calma, y sí. El viento arrasador fue momentáneo pues tras la corrediza comenzó a bajar.
Con todo en su lugar nos instalamos de nuevo bajo el toldo a jugar y comentar lo sucedido, cuando a lo lejos escuchamos a “Chanty”, el hijo de Hernández Gómez, gritar en busca de alguien. Sus pasos se aproximaron hasta nosotros y agitado por la carrera, pálido y desesperado preguntó si habíamos visto pasar a su abuelo.
Resulta que el ventarrón les arrebató su toldo y, no conforme con eso, también se llevó al señor a quien buscamos largo rato en la noche.
Su desaparición, el viento y la noche sembraron una atmósfera de nervios y la necesidad de permanecer alerta.
Tras una larga búsqueda por fin apareció el señor y, con ello, la calma volvió a corazones y playa.
Revivió la fogata que me dio abrigo ante el frío nocturno y arropó mi sueño a su costado.
Alguien dijo a mi padre que me iba a despertar porque no debía dormir tan cerca del fuego, pues se respira el humo que desprende y, un viento ligero, puede acercar demasiado las llamas; sin embargo, el intento porque abriera los ojos fue nulo, porque nadie sospechaba que esta “Nutria” tuviera el sueño tan pesado.
Papá me llevó al interior de la casa de campaña en donde minutos más tarde desperté al sentir nuevamente el frío lejos de la fogata y, aprovechando que mi descanso había sido suficiente y que estaba por amanecer, salí de la casa, tomé ni caña y me aproximé al encuentro con los peces.
La historia cierra a la mitad de ese día y con broche de oro, cuando con el cuerpo aun lleno de adrenalina, aventura y recuerdos, degustamos un caldo de pescado con las presas que habíamos sacado del mar y con el chocar de los vasos se confirmó la amistad
nutriamarina@gmail.com
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