martes, 11 de septiembre de 2007

Huellas, heridas y señales después de la batalla

Pedro Manterola Sainz
(Segunda lectura)

Es domingo de resurrección, de ramos, de victoria, de ascensión. Es domingo, día de guardar, día de la familia, de fútbol, de Chabelo. Es domingo 2 de Septiembre, y los ciudadanos parecen decididos a mostrar sus mejores galas, sus prendas democráticas, su talante cívico, decididos a defender su dignidad atacada, mancillada, envilecida por la ambición de un politicastro con aires de soberbia, un aprendiz de embaucador que ni siquiera heredó la destreza para hacer trampas. Su reino de papel, su gobierno de mentiritas y falsedades, naufraga en sus propias torpezas.
Afuera, enfrente, los priistas dan por bueno el espejismo de una victoria lapidaria, humillante para su adversario. Además de arrogancia y triunfalismo entre algunos asesores y adjuntos del candidato ganador, la bien ganada humillación aún despierta misericordia entre la gente común. Ante la contundencia de las cifras, ante la verdad aplastante de las urnas, se escucha: “Hasta siento feo por él”, suelta casi apenada una mujer madura con aires blanquiazules, hoy formada en las filas de la Alianza y la fidelidad. “Ni madres”- ataja el maduro profesionista, bisoño político, ayer agro empresario, hoy de ocupación incierta. “Quiso joder al pueblo, ahora que se joda él”, sentencia, con aires populistas hasta ese momento para mí desconocidos en el personaje. “Pues que se joda”, pienso yo, risueño y meditabundo. La compasión de la mujer tiene al hasta ahora alcalde como destinatario y no a la candidata derrotada, evidencia de que las culpas, las omisiones y mentiras tienen un origen identificado a plenitud. Recuerdo entonces las palabras de la candidata perdedora el día del debate que no fue tal: “La candidata soy yo, no estamos juzgando a la actual administración municipal”. Pero resulta que si se juzgó al (des)gobierno municipal y la sentencia es lapidaria: no más.
El candidato ganador no oculta su satisfacción pero tampoco olvida la mesura. Entiende con claridad que en este triunfo hay muchos héroes anónimos mientras otros anhelan aplausos y pugnan por los reflectores. Sabe que mientras muchos votaron por él, otros lo hicieron contra el alcalde y su fallido proyecto caciquil. Así se explican las sumas y restas del resultado final, resultado que hoy servirá para endosar facturas envenenadas y buscar cargos inmerecidos.
La tarea ahora será más ardua: superar los chantajes de los que se presumen dueños de la victoria, construir un programa de trabajo que responda a las expectativas, armar un equipo de gobierno con los que saben y con los que pueden, no solo con los que ansían puestos, influencias y prebendas.
A la mitad de la campaña, cuando muchas cosas parecían no tener orden ni sentido, cuando se echaba de menos una estrategia real, efectiva, entre los colaboradores del candidato se podían ver rostros inciertos y despectivos y miradas como signos de interrogación, se escuchaban frases evasivas, lapidarias y pesimistas, se advertían riesgos y nadie asumía responsabilidades. Hoy, en la noche de la victoria, uno de los dueños de esos rostros sin respuestas se pavonea esperando felicitaciones entre los asistentes al festejo, otro llega y suelta, arrogante: “¿Así está bien, o quieren más?”. La pregunta suena hueca, con un tono de fingida y forzada vehemencia. “Como has cambiado. Hace poquito no te veías tan valiente”, se me ocurre decir, con la imprudencia del que olvida que la verdad no peca, pero incomoda. Realista, otro de los simpatizantes del ganador, hombre cercano a uno de los impresentables durante la campaña, repite cifras con una mezcla de complacencia e incredulidad: “Pa´la madre…. Que chinga... se nota que estuvimos todos con el mismo, pero creo que es la primera y última elección que esto pasa”, suelta, seguro de su influencia en el grupo que dice manejar política y dinero a su antojo en el municipio.
Eufóricos, un grupo de celebrantes carga un ataúd con la foto de alguno de los contendientes. El exceso es festejado por muy pocos y reprobado por la mayoría. La gente camina, sonríe, se saluda. La oficina de asuntos electorales es un hormiguero de representantes que cargan una copia de sus actas de casilla como el certificado que da fe de la tarea cumplida, la obvia y palmaria prueba de que el triunfo es colectivo, inédito, abrumador.
Los números son suficientes para ocultar las deficiencias, errores, omisiones y carencias padecidas durante la campaña. Sirve también para que los generales eludan explicar como su intransigencia y protagonismo los obligó a ceder la plaza a un capitán. Su miopía e insensibilidad permitió la llegada de una tropa cuyos cabecillas se asumen como artífices de la victoria, y que desde la tarde de ese 2 de septiembre reportaron como suyo el que fue el triunfo de todo un municipio, como si fueran ellos los que hubieran padecido 7 años de soberbia y como si no hubieran sido ellos quienes metieron al Palacio a los mismos que hoy ven desterrada su intolerancia a punta de votos, urnas y voluntad.
Una pareja de la Colosio saluda y sonríe: “Mira, mira Pedro…. Allá les ganamos por más de 2,000 votos. No los dejamos hacer sus chanchullos. Hubieras visto, patrullamos casillas, entregamos comida a los nuestros, vigilamos todo”, dice la mujer, orgullosa, feliz de ser parte de una celebración en la que no busca aplausos, puestos ni felicitaciones, pero de la que es parte fundamental, ella si imprescindible. Su mirada se ilumina mientras su esposo la observa orgulloso, cómplice de una aventura que hoy los hace sentirse más unidos y más libres.
Un hombre campirano de 1 metro ochenta de estatura camina nervioso de un lado a otro. Se detiene, me toma de los hombros, ríe abiertamente y pregona: “¡Pedro, le partimos la madre, ya no tienen como ni con qué… A ver si ahora se ríe de nosotros!”. Sonrío y le digo que no creo que tenga con qué, que nunca tuvo con qué, que las mentiras no tienen futuro. Mira a su alrededor y baja el tono pero no la intensidad: “A esta gente no se le debe quedar mal”. No, no se debe, respondo. Pero quien sabe si se pueda, pienso, con la imagen de los acreedores y agiotistas políticos en la cabeza. Ahora todos dirán que su participación fue estratégica, definitiva, que sus ideas fueron únicas, irrepetibles, geniales. Descubridores del hilo negro, pronto subirán el volumen de su propia voz para cobrar favores imaginarios.
EL candidato termina su discurso de agradecimiento. La gente lo vitorea y le aplaude con más fuerza al escuchar el nombre de otro de los ganadores de esta noche, Fidel Herrera Beltrán. Queda claro: en septiembre de 2007, Fidel vuelve a ganar el gobierno de Veracruz, ahora con la ventaja que merecía en el 2005.
Camino del festejo a la oficina de temas electorales. Un ejército de jóvenes observa pantallas de computadora, anota cifras y camina de un lado a otro. Salgo de allí y me encuentro con uno de los que tejieron en silencio acuerdos y tareas. “Felicidades”, le digo. “Para todos, que ya nos quitamos de encima a esa gente”, devuelve, sorprendido de la vitalidad y emoción que llena las calles. “¿Y ahora?”, le pregunto. “No sé, cabrón, no sé…”

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