martes, 16 de diciembre de 2008

Nueva realidad

Juan Antonio Nemi Dib
Historias de Cosas Pequeñas

Los que conocieron el estado de bienestar y disfrutaron de sus beneficios tuvieron suerte. Parece que se ha ido y no por poco tiempo. Esa fórmula de organización social, política y, sobre todo, económica, en la que prácticamente cualquier necesidad básica podía resolverse, los gobiernos atendían con más o menos eficacia casi todo y las instituciones podían compensar las inequidades y los factores de desigualdad mediante el gasto público y la intervención estatal, sencillamente ya no es posible.
En mayor o menor medida pero en prácticamente todo el mundo existe una sensación de insuficiencia e insatisfacción derivada de la magnitud y complejidad de los actuales problemas pero también de un factor aún más determinante: la escasez. Y es que hoy son más notorios los efectos de la falta de alimentos, de fuentes energéticas, de espacios habitables, de medicamentos, etc.
Y, como se sabe, es un problema de oferta superada por la demanda (se necesitan más bienes y servicios de los que están disponibles) pero también es asunto de distribución (acumulación exacerbada y dispendio de pocos contrastan dramáticamente con penuria e infortunio de muchos) entre los países y dentro de los mismos países.
Hay varias paradojas que componen esta nueva realidad: la indiscutible elevación en la calidad de vida, la mejora en las prácticas sanitarias y los sistemas de previsión social, entre otras cosas, han propiciado una era de longevidad que permite a los humanos vivir –y consumir— mucho más que antaño, demandando mayores recursos; por ejemplo, México ha duplicado su población en prácticamente dos décadas pero hay países que superan este record de crecimiento poblacional.
Los sistemas de financiamiento han propiciado que las familias aspiren –legítimamente— a disponer de viviendas, gastos vacacionales y de ocio, automóviles y otros bienes de consumo cuya disponibilidad impacta a la economía y al medio ambiente.
Es un hecho que la tecnología, la investigación farmacológica y los avances en la precisión diagnóstica han logrado una mejora en la práctica de la medicina y, por ende, combaten con más eficacia la enfermedad. Por primera vez se anuncia en los Estados Unidos de América una reducción, ligera pero al fin reducción, en la incidencia de casos de cáncer detectados en 2007.
Sin embargo, estas prestaciones médicas no son de calidad homogénea y tampoco están disponibles para todos los que las necesitan. Al mismo tiempo en que funcionan fábricas de piel en las que un pequeño trozo de muestra permite reproducir su propia dermis a personas que requieren transplantes de ésta y que se realizan microcirugías basadas en la robótica y sofisticados equipos de cómputo, todos los días mueren miles de personas en el mundo, incluso en los mismos Estados Unidos, por falta de dinero para pagar los tratamientos de enfermedades curables.
Los sistemas de pensiones empiezan a hacer agua. La gente vive más tiempo del que se esperaba cuando se diseñaron los procedimientos jubilatorios y ante la disminución de las reservas financieras, cada vez con mayor frecuencia las aportaciones de menos trabajadores en activo financian los ingresos de más trabajadores jubilados; frecuentemente los gobiernos se ven obligados a compensar este déficit mediante el uso de recursos públicos. Habrá que ver si en el futuro, los sistemas individuales como las “afores” mexicanas garantizan niveles de vida dignos a quienes hoy invierten en ellas.
La crisis alimentaria es parte sustantiva de nuestra realidad contemporánea. Dicen los expertos que se trata, en principio, de un problema de insuficiencia, es decir, que no se producen los alimentos necesarios para que todos los habitantes del planeta coman lo que necesitan comer; sin embargo, hay economistas que lo asumen como un asunto de precios en el que la rentabilidad y la recuperación de inversiones priman sobre la más básica de las necesidades, la comida. Y ahora identifican otro componente: la utilización de granos para la producción de biocombustibles eleva el precio del maíz, por ejemplo, y lo convierte en materia prima para la producción del etanol que consumirán los vehículos.
Y a propósito de la energía, los grandes devoradores de ésta (Estados Unidos, China, India, Europa entre otros) continúan gastándola en magnitudes que, con la oferta energética actual, serán insostenibles en poco tiempo, si no se explotan con eficacia fuentes alternas de al menos la misma potencia. Pero no se trata sólo de disponer de energía barata y suficiente, sino de los efectos de este gasto energético en la vida de todos, incluso de los que no obtienen provecho directo por utilizarla, porque si hay algo auténticamente globalizado son los efectos mundiales de la sobreexplotación de los recursos energéticos, independientemente de quién los aproveche. La contradicción en este caso es exigirle a ciertos países en desarrollo que limiten su gasto energético y sus emisiones, cuando las grandes economías no tuvieron que enfrentar esas condicionantes ni barreras; reducir el consumo energético y, al mismo tiempo, crecer, no es un reto nada sencillo.
Queda el tema de los recursos naturales, finitos y cada vez más exiguos. Y no sólo el agua a la que se vaticina el protagonismo de guerras futuras, también las tierras de cultivo, el suelo para uso urbano, bosques y selvas y bien mirado, hasta el oxígeno limpio que necesitamos para respirar.
Los retos suelen ser cada vez mayores y las capacidades para resolverlos no crecen en la misma proporción; de hecho, en ocasiones la posibilidad de respuesta institucional de lo gobiernos sencillamente decrece, como en el caso de la seguridad pública que se complica progresivamente en todo el mundo. Hay quienes afirman que el Estado como ente jurídico capaz de superponer al interés general por encima de los intereses individuales y tutelar éstos mediante sistemas legales confiables, está cediendo terreno, aunque alguno ha llevado la idea al extremo, asegurando que ese Estado, tal y como lo conocimos dejó ya de existir.
Será erróneo –y frustrante— seguir esperando de los gobiernos tengan respuestas exitosas para todo. Empezar por un replanteamiento de expectativas y una redefinición de objetivos pueden ser un buen camino, sobre todo si se asume con franqueza y claridad que las soluciones mágicas, instantáneas, totales, forman parte de los cuentos de hadas.
El otro componente de la fórmula está en las personas, en los ciudadanos. Una mayor participación cívica orientada no sólo a la exigencia de derechos sino a la intervención directa en acciones concretas, de beneficio a la comunidad, redundará en provecho para todos. Como muestra, cuando la gente mitiga los riesgos personales y cumple con las normas legales, los índices de seguridad aumentan y se hace más complicado y menos viable que otros delincan; si la gente no arroja basura en las calles, es más fácil mantenerlas limpias; si a nivel individual se reduce el consumo innecesario, se contamina menos y la suma de muchos ciudadanos evitando contaminar favorece mucho el equilibrio ecológico. La suma de muchas pequeñas acciones produce grandes cosas. Frente a la nueva realidad el protagonismo debe regresar a las personas, parece el mejor camino.

antonionemi@gmail.com

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