miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Quina, castigo sin justicia



Roberto Morales Ayala
Zona Franca

Joaquín Hernández Galicia es un caso emblemático del castigo sin justicia que el sistema político mexicano aplica a quienes destierra por inservibles, por incómodos o irreverentes.
Joaquín Hernández Galicia murió en la oscuridad y el olvido. Su leyenda no nace con el “quinazo”, cuando se le encarceló, el 10 de enero de 1989, en el naciente sexenio de Carlos Salinas de Gortari, sino en los 30 años que permaneció en el poder.
Inició su carrera sindical a fines de los años 50 cuando el presidente Adolfo López Mateos dio su aval para allanarle el camino a la secretaría general del sindicato petrolero. Hernández Galicia procedía de la Sección 1, con sede en Ciudad Madero, la más poderosa de la zona norte, y rivalizaba con otros líderes tanto o más poderosos, tanto o más influyentes.
Eran los días en que el STPRM se regía por el Pacto de Solidaridad, suscrito entre las secciones 1, 30 y 10, Madero, Poza Rica y Minatitlán, las que manejaban más obreros, las que concentraban mayor número de contratos de trabajo con Pemex.
Con más de 100 mil trabajadores afiliados, el STPRM era, y es, un monstruo que servía como fuerza laboral, como fuente de recursos económicos, como medio de control político y como arma de operación electoral. Le sirvió a La Quina para enriquecerse, para imponer alcaldes, diputados, senadores y hasta gobernadores, y también para adueñarse paulatinamente de áreas estratégicas de Pemex.
La clave de su poder estuvo en saberle hablar al presidente en turno; o sea, involucrarlos en los negocios corruptos que se podían realizar desde el sindicato petrolero y repartirse las ganancias.
Hernández Galicia logró ser dirigente nacional del STPRM. Después se deshizo de otros líderes que le hacían sombra. A unos los jubiló, otros murieron en accidentes sospechosamente oportunos y en atentados impunes y a otros líderes los hizo encarcelar mediante celadas que le permitió involucrarlos en venta de plazas. Así lo hizo con Sebastián Guzmán Cabrera, a quien le impidió ser el dirigente nacional del STPRM cuando a la Sección 10 le correspondía de acuerdo al Pacto de Solidaridad. Guzmán Cabrera fue jubilado y después reactivado por el gobierno cuando La Quina estaba en prisión.
El mayor golpe lo dio, ya sin grandes enemigos al frente, al manipular un pleno de secretarios generales que “eligieron” a Salvador Barragán Camacho, el mayor de sus incondicionales, un borrachín simpático y ostentoso, para ocupar la secretaría general por segunda ocasión y por seis años. Otro de los líderes a quien impuso fue José Sosa Martínez, un anciano sin mayor capacidad de decisión que tarde o temprano pagaría el costo de seguirlo y servirlo ciegamente.
La Quina se enriqueció en los tiempos de Luis Echeverría Álvarez en la Presidencia de México, al inicio del “boom” petrolero, cuando se construían complejos petroquímicos y refinerías y se explotaba el petróleo sin ton ni son.
En el sexenio de José López Portillo, al ser impulsada la perforación de pozos en la zona marina, envió ejércitos de trabajadores, muchos de ellos sin preparación alguna, sin capacitación, sin adiestramiento, a ocupar las plazas en las plataformas de la Sonda de Campeche, redituándole grandes beneficios por el cobro de cuotas al sindicato petrolero, pero también por los contratos que otorgaba Pemex a las empresas constructoras y prestadoras de servicios.
La comisión de contratos, una figurada creada por él, le permitió acaparar gran riqueza. Dicha comisión se llevaba el 20 por ciento de las obras totales que realizaba Pemex. Tenía derecho a subcontratar los trabajos, pues el sindicato carecía de equipo para cumplir con las especificaciones de construcción. Es decir, coyoteaba ese 20 por ciento de los millonarios contratos otorgados por Pemex.
Lo que lo perdió fue el afán de poder. Quiso imponer director en Pemex cuando dijo públicamente que el titular de la paraestatal debía ser un trabajador de carrera y no un político. O sea, quiso marcarle la ruta al presidente en turno.
Lo perdió la soberbia. Tenía poder, alcaldías, diputaciones, senadurías, domesticaba a gobernadores, a funcionarios federales, pero quiso doblarle la mano al PRI. El “Hombrecito de Ciudad Madero”, como lo definió el periodista Mussio Cárdenas Cruz, creyó que podía impedir que Carlos Salinas de Gortari llegara a la Presidencia de México y lo saboteó desde que éste, siendo secretario de Programación y Presupuesto del gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado, acordó cancelar el subcontratismo en las obras federales.
Adiestrado en la perversidad política, financió un libro que recreaba el episodio en que la sirvienta de la familia Salinas de Gortari había muerto por un disparo de bala cuando Carlos y Raúl Salinas y un vecino de ambos jugaban con un arma. La Quina desenterró el hecho y a través un desconocido escritor le dio un título que marcaría su futuro, su libertad y su vida: “¿Un asesino en la Presidencia?”.
El 10 de enero de 1989, al inicio del salinismo el Ejército derribó con un bazukazo la barda de su casa; la allanó; le sembró armas; le arrojó el cuerpo de un agente del Ministerio Público que había muerto en un operativo antidrogas en Chihuahua, y lo detuvo cuando aún estaba en pijama y en pantuflas. Con él se fueron a prisión Barragán Camacho, Pepe Sosa y una veintena de líderes.
Muchos de ellos salieron después. La Quina no. Permaneció once años en prisión, interponiendo amparos para reducir la condena de 20 años, hasta que finalmente, sin haberse readaptado, volvió al hogar, convertido en un marginado y sin posibilidad de retomar el liderazgo del STPRM, que para entonces ya detentaba Carlos Romero Deschamps, uno de sus más fieles quinistas.
La Quina fue populista y como tal, cayó en desuso. Mantuvo un gremio al que le daba atole con el dedo para someterlo con bondad, al tiempo que él se enriquecía junto con sus capos mayores.
Su muerte actualiza esa condición de los líderes en desgracia. Creció tanto que imaginó que el sistema se debía a él sin advertir que tipos así le deben todo al sistema; imaginó que por enriquecer a unos presidentes, podía imponer quién debía llegar a la Presidencia. El sistema le demostró que estaba en un error.

(romoaya@gmail.com)(@moralesrobert)(Facebook: Roberto Morales Ayala)
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