lunes, 18 de noviembre de 2013

Un inicio medio docente

Rafael Durián
Crónica Ácida

Hace mucho tiempo, cuando el maestro de escuela era respetado y la docencia tenía en general una buena reputación, recuerdo aún cuando el grupo de los decanos de la Honorable facultad de Derecho criticaba severamente a los inquietos maestros jóvenes que nos impartían clase (uno de ellos según recuerdo, el actual director de la facultad de Derecho, Manlio Fabio Casarín León), nosotros, los alumnos, recuerdo, guardábamos como secreto de confesión las opiniones vertidas por los decanos hacia los otros maestros y es que era muy divertida la disparidad entre las enseñanzas de uno y de otro, pero siempre con una relación armónica.
Mientras unos filosofaban entre el enorme campo de la axiología del Derecho, los otros nos ponían a pensar al preguntarnos ¿de qué nos serviría eso en la vida real?
Recuerdo aquellos encanecidos maestros que solían llegar como “play boy” sesentero en autos exóticos o de lujo, calificarnos con plumas Mont Blanc, mientras despedían un olor a fragancias Giorgio Armani; gran diferencia en los joviales maestros que arribaban a la Facultad caminando, en nuestro mismo camión o en un auto compacto de reciente compra, siempre con su bolígrafo Bic o esos de color café.
Fue casi al terminar el último semestre de la carrera, cuando recibí una invitación a colaborar impartiendo una clase muy sencilla, y recuerdo muy bien mi respuesta: “No, no, cómo cree, tanto daño le he hecho al cuerpo magisterial que trabajar en ese rubro sería pedir que me cobren mi karma...”
El maestro afinó la voz y dijo: “todos aquí fuimos igual cuando alumnos, algunos fuimos peores”, a pesar de su propuesta, no se me hizo dar clases.
Fue hasta cuatro años después, que sumando los conocimientos pedagógicos que mi esposa ensayaba en casa y la insistencia de mi padre en verme trabajando en algo más formal, que las condiciones fueron favorables para tomar un grupo e iniciar la clase; al llegar, no cabe duda que la presentación y el trato como maestro era algo que inevitablemente hacia subir el ego de cualquiera. Dicho ego fue bajado de la misma forma por la bella secretaria que me saludó amorosamente diciendo “¡Hola muñeco, vienes a lo del servicio social!”, y es que a pesar de que no parezco un cara-niño, tal vez notó los audífonos o el sweater tipo César Costa o la mochila deportiva, objetos que inmediatamente fui a guardar a la cajuela del carro.
Al regresar, me presentaron con el resto de los maestros en una pequeña sala, con un cuadro de la generación de alumnos anterior colgadas en el muro; un montón de papeles apilados y un pequeño librero con todo tipo de volúmenes. Empecé entonces a practicar mentalmente mi planeación de clase. Recordé algunas citas que mis maestros me habían dado en esa materia: unos juegos de palabras para hacer más amena la clase y hasta al kybalion y su dicho: “Cuando los oídos del estudiante están listos para oír, entonces vienen los labios del maestro a llenarlos de sabiduría”.
Fue cuando una voz interrumpió mi repaso. Una curiosa maestra se mostraba insistente en cuestionar mi preparación, a pesar de todo, le dije la verdad: había impartido clase en comunidades rurales y en comunidades urbanas solo había asistido a realizar evaluaciones, que pienso que actualmente un maestro debe de ser un perfilador, que la autodidáctica es posible siempre y cuando el maestro tenga la voluntad, que un buen desarrollo epistemológico hace la diferencia en la atención que debe prestar el alumno. Ahhh! en ese momento agradecí haberle ayudado a mi esposa en su carrera universitaria. Cuando el interrogatorio terminó, un docente que tenía el libro de contenidos en la mano, me dijo una vez disipados los demás, “¿échame la mano, no?, hoy es mi primer día de clases”, aclaró como maestro. Mientras revisaba su libro, noté que no contenía gran dificultad la enseñanza de su materia y traté de decirle algunos tips.
Sonó el reloj y se escuchaba a los alumnos subir a la segunda planta. El director se acercó a nosotros mientras platicaba con otro y decía: “creo que este grupo se va a deshacer o lo repartimos, por qué son muy pocos alumnos”. El maestro primerizo rezaba diciendo “que sea el que me toca, que sea el que me toca”. Fue cuando el director me señaló y me dijo: “Maestro, pase a su salón; es el 301. En breve le vamos a pasar su horario”.
Avanzaba entonces carpeta en mano, subiendo los escalones y pensando cuál será mi grupo... el grande o el pequeño... habrán creído lo que les dije... al igual y éste sea mi debut y despedida como maestro... al igual y son una bola de irrespetuosos como yo lo era a su edad,
Había en ese pasillo dos salones sin maestro; uno parecía estar lleno y el otro a la mitad. Al abrir la puerta del salón medio lleno pregunté “¿es el salón 301?” Y algunos dijeron “No, es el de enfrente”, di la vuelta, caminé unos pasos y llegué a la puerta... respiré hondo y entré. Al sonar la perilla, el salón se llenó de silencio... sentí todas las jóvenes miradas, levanté la frente, dejé la carpeta en el escritorio y les dije en voz alta: “Buenos días”, mi nombre y terminé con “soy su maestro”.

Rafa_durian@hotmail.com
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