jueves, 17 de julio de 2014

Yo debería creer en el destino

Armando Ortiz
El Hijo Pródigo

Durante mucho tiempo pensé que los eventos en mi vida sucedían como premeditados, como si existiera un hilo conductor que los hiciera avanzar por el camino debido, por un sendero ya trazado de antemano, desconocido para mí. Todavía, a veces creo que las cosas me suceden porque alguien en otra dimensión me está soñando.
Recuerdo que cuando chico, de apenas diez años, mi tío me empleaba para cuidar un negocio de revistas que tenía y era cuando aprovechaba para leer las historietas de aquella época: Archie, Los Cuatro Fantásticos, El sorprendente Hombre Araña. Aunque también leía Lágrimas y risas, el Kalimán y Memín Pinguín.
Pero un día, cuando ya había leído todos los cómics y revistas de su puesto, decidí tomar un libro verde-azul de la Biblioteca Básica Salvat; era un libro de Narraciones de un tal Edgar Allan Poe. Lo tomé a pesar de que éste no tenía figuritas, sino puras letras. Debo decir que ya antes había leído algunos libros de relatos, sobre todo recuerdo los dos volúmenes que editó la SEP en los años setenta y que traían una buena cantidad de historias orientales que fueron el germen de mi gusto por la lectura.
Ese día, camino a casa me fui leyendo las narraciones de Poe. Lo que sentí por ese libro me es difícil, después de tantos años, describir. Todo fue como un gran descubrimiento. Las narraciones de Poe inauguraron una ventana hacia el interior de mis temores. Leer a Poe era como estar contemplando el panorama del terror gótico, de mensajes incrustados en las sombras, de escarabajos de oro y remolinos en el Maelström. Lo que escribió Poe, fue la esencia que transmutó mis sueños en pesadillas. Aun así, no pude dejar el libro hasta completarlo. Por esos días yo no encontraba la diferencia que hay entre géneros literarios; no sabía lo que era un cuento o una novela. Por eso, cuando apareció un segundo volumen de Narraciones, esta vez de Jorge Luis Borges, me entusiasme y lo tomé, sin calcular las consecuencias. Era esa forma de la literatura, la narrativa, lo que empezaba a entusiasmarme. Para ser sincero, debo decir que poco entendí a Borges. La de él resultó ser una literatura más compleja, sin embargo, logré captar la sustancia de sus historias. Era éste, por cierto, un mundo diferente, al que no estaba acostumbrado ni en mis sueños; un mundo de inmortales, de enciclopedias apócrifas, de jardines y laberintos, de redenciones metafísicas. Cierto, tal vez no logré entender mucho, pero el tono de las narraciones me fascinó; Borges hablaba como si estuviera convencido de lo que decía, por eso me encanto la verosimilitud de sus textos, el lenguaje erudito, la poesía de sus imágenes, la fantasía y realidad de sus argumentos.
Yo debería creer en el destino. Fue en otro periodo vacacional que me encontré con mi tercer libro de Narraciones de la Biblioteca Básica Salvat, esta vez de Antón Chéjov. Aquí quiero explicar por qué pensé durante mucho tiempo que los sucesos en mi vida estaban premeditados. La fortuna que tuve para encontrarme con estos tres autores tan disímiles, pero al mismo tiempo tan unidos en su trascendencia literaria, me hicieron pensar que no había casualidades. La literatura de Chéjov resultó ser para mí ese espíritu de desconsuelo que guarda el hombre, y al que me he ido acostumbrando sin remedio; esa melancolía, esa visión con la que el autor intenta convencernos de que las cosas no deberían ser como son. La conciencia de Chéjov a finales del siglo XIX, es la conciencia del escritor de este fin de siglo, tan lleno de injusticias, tan necesitado de congruencia. Chéjov, en su época, lanzó un grito sordo en Rusia, como lo lanzó en su momento, acaso más estrepitoso, Herman Hesse en Alemania, antes de la segunda gran guerra; un grito como lo deberíamos estar lanzando nosotros en todo el mundo, en contra de esta maldita globalización que nos quiere convertir en meras cifras, en fríos artículos de compraventa.
Como podría olvidar esa estupenda novela corta de Chéjov, El pabellón número seis. Es la historia de Andrei Efímich, un médico que ha pasado la mayor parte de su vida en la mediocridad. Hace su trabajo de manera mecánica, como conducido por la fatiga, por el hastío. Todo eso hasta que se encuentra con Iván Dimítrich, un paciente del pabellón número seis, el pabellón de los locos. Iván Dimítrich, es un hombre inteligente, de ideas claras; un hombre que está ahí porque quiere, ya que en cualquier momento, si él lo decidiera, podría salir, pero no sale. El hombre sufre delirio de persecución y cuando se entrevista con el médico éste le cuestiona su postura ante el dolor. El dolor es un mero proceso mental le dice el médico, a lo que Iván objeta diciendo: “Sí señor, dice usted que desprecia los sufrimientos; pero ya veríamos los gritos que daría si le cogiera un dedo con la puerta”. Los argumentos de este hombre obligan al doctor a asumir una postura diferente ante lo que le sucede, y a lamentar el haberse pasado la vida en esa mediocridad e indolencia. En algún momento de la narración me sentí como el doctor Andrei Efímich, pero después comprendí que mi lugar era con Iván Dimítrich, con el loco que sufre delirio de persecución. Mi lugar es, junto con muchos escritores en este siglo que comienza, el lugar que dejó Chéjov para nosotros; lanzamos gritos y no nos escuchan, pero eso no nos debe desanimar.
Como ven yo debería creer en el destino. Empecé a escribir cuentos por esa necesidad que tengo de lidiar con mi soledad; pero resulta que cuando escribo cuentos es cuando más solo necesito estar; y como escribo mucho, estoy mucho tiempo solo. A veces escribo cuentos por una necesidad estética, que me hace desear un mundo diferente, acaso más armonioso, en ocasiones caótico, pero siempre congruente, lógico, sensato.
Yo debería creer en el destino. Escribo cuentos porque no me gusta quedarme callado, porque siempre quiero dar mi versión de los hechos. Escribo cuentos, porque de no escribirlos yo, los escribiría otro, y francamente prefiero ser yo quien los escriba.
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