miércoles, 8 de octubre de 2014

Guerrero: Macbeth a la mexicana


Ernesto Viveros

El Ojo Ilustrado

Va a ser fácil querer entender la reciente matanza de estudiantes de Ayotzinapa en el marco de pérfidas y oscuras luchas entre diversos grupos de poder cuyos terribles resultados tan sólo hacen pensar que Guerrero se está alejando de la misericordia divina.
De hecho, en una perspectiva muy inmediata, así es como la entendemos. Con toda seguridad, en las próximas semanas nuestros medios de comunicación darán cuenta de muchas opiniones similares mientras las detenciones, gritos, procesiones fúnebres y nuevos peligros azotan a la montaña sureña.
Al momento de escribir esta columna, se menciona oficialmente a narcotraficantes coludidos con policías municipales como autores intelectuales y materiales del crimen. Eso es suficiente para evitar cualquier precisión en la investigación y encubrir cualquier indicio que pueda llevar a otra explicación.
Es prácticamente un caso cerrado donde sólo falta hacer el trámite de entregar los cuerpos a los deudos, en dado caso de que se encuentren los restos de todos los estudiantes.
El entendimiento de las pérfidas y oscuras luchas por el poder, entonces, se envilecerá con la poca o nula información que se dará sobre la investigación y los intentos de explicación desde las intrigas palaciegas llenarán los espacios informativos.
Lo cierto es que, del control de daños político y mediático de este evento, los gobiernos estatal y federal decidirán los candidatos y condiciones de la campaña por la gubernatura de Guerrero el próximo año de 2015. La decisión del candidato perredista, afín al gobernador, se realizará en fecha cercana.
Hasta ahora todo parece una tragedia digna de Shakespeare: intrigas y traiciones palaciegas, asesinatos justificados y gratuitos, guerra abierta y desleal conspiración mientras los personajes, como el Príncipe Macbeth y su esposa, se hunden en un marasmo de culpabilidad, ansiedad, insomnio y locura.
Así lo parece a excepción de éste último elemento: los perpetradores mexicanos de estos crímenes no se distinguen por sufrir su culpabilidad.
Ni en Acteal 1997, ni en San Fernando 2011, ni en Tlatelolco 1968 o en la Guardería ABC de Hermosillo del 2009, por citar solo algunos ejemplos, hemos encontrado personajes cuyo peso de sus acciones los arrastren a una posterior crisis existencial autodestructiva.
Como en “Macbeth”, queda tan solo esperar que un personaje secundario cometa una traición más y emerja quedándose con el poder finalmente. Las crónicas periodísticas nos informarán de ello cuando suceda.
Sin embargo, los deudos no han perdido la memoria ni la indignación.
Son madres que pueden cruzar un país extranjero a pie para buscar a sus hijos, maestros que educan con el ejemplo y manifestantes que hacen de la efeméride una pedrada contra la represión, violencia e intolerancia.
Como en ninguna obra de Shakespeare, los deudos pueden movilizarse, llevar pancartas y también cantan el himno nacional, levantan monumentos, exigen espacios en la prensa, llevan su historia a los libros de texto y hasta impulsan otras investigaciones judiciales.
En el caso mexicano, algunos de éstos “príncipes” han sido llevados a juicio pero nunca condenados, la mayoría de ellos primordialmente ignora tales reclamos. Los responsables de la matanza de Iguala pueden estar tranquilos.
Empero, los deudos siguen ahí. Recuerdan, lloran, viven… platican con los hijos que les quedan.
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