jueves, 24 de julio de 2014

El ascenso al Cofre*

Armando Ortiz
El Hijo Pródigo

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En mi época, si a los 18 años no habías subido al Cofre de Perote seguías siendo un niño. No valía si ya te había salido vello púbico, si ya presumías que te masturbabas, o si habías pasado de polizón al cine Radio a ver una película porno. Subir al Cofre de Perote era como un rito de iniciación, como la aventura que te marcaba el tránsito de la niñez a la adultez sin pasar por la adolescencia; era como la búsqueda del anillo de Tolkien.
Entonces yo estaba en el CBTIS 13, tenía 15 años. Mis amigos presumían haber ascendido a la cumbre desde su época en la secundaria. Creo que me invitaron porque pensaron que no iba a aceptar, sabían que en mi casa, ante la ausencia del padre, quien tomaba las decisiones era mi madre, y las madres siempre son más precavidas (bendito Dios).
Pero no contaban con mi gran obstinación, con mi gran poder de convencimiento. Dos días enteros, con sus 24 horas cada uno, estuve pidiendo permiso a mi madre. A la hora que se levantaba: “¿Me dejas ir, me dejas ir, me dejas ir?”. A la hora del desayuno: “¿Me dejas ir, me dejas ir, me dejas ir?”. Lo mismo a la hora de la comida y a la hora de la cena y cuando ya estaba acostada me sentaba en un lado de la cama y le repetía como disco rayado: “¿Me dejas ir, me dejas ir, me dejas ir?”. Su respuesta siempre era no.
Las primeas 24 horas sólo eso respondía, pero al día siguiente volvía a la carga desde temprano. Cuando por la hora del desayuno me quiso dar sus razones para negarme el permiso sentí que había logrado un gran avance; sabía que tenía que doblar mis esfuerzos. Por la tarde me pregunto: ¿Con quién van a ir? Estaba a un paso de lograrlo; le dije que con mis amigos de la clase, por supuesto ella seguía diciendo no, pero poco antes de la cena me preguntó si iba un adulto con nosotros. Estuve a punto de echarlo todo a perder. Le iba a decir que sólo íbamos los de mi grupo, entonces le mentí, le dije que dos maestros nos acompañaban. En la noche antes de dormir me dijo que sí, pero que no me separara de los adultos.
Por estar tan entusiasmado con mi logro me quedé dormido y llegué tarde a la hora indicada para tomar el autobús que nos habría de llevar a Perote. Me iba a regresar a casa pero imaginé mi regreso “triunfal” del Cofre, apenas media hora después de haber salido de casa. Dos días de estar fastidiando a mi madre para que el camión me dejara. No, no podía permitirme eso. Fue por ello que decidí irme sólo a la ciudad de Perote y ver la manera de alcanzarlos. Tomé el siguiente autobús, uno que iba directo sin pasar por Las Vigas. Llegué y no encontré a ninguno de mis amigos en la terminal de autobuses. Caminé hacia el centro de la ciudad, con mi “ropa de escalador puesta”, con mi mochila vieja y mis tenis Converse de lona. Nadie, no me quedaba de otra que regresar y aceptar mi derrota. Cuando llegué a la terminal para tomar mi autobús de regreso mis amigos apenas iban llegando. Resulta que tomaron un autobús que iba haciendo paradas en el camino y que pasaba por el pueblo de Las Vigas. El mío había sido directo por lo que llegó media hora antes.
Los más “listos” pensaron que el ascenso debía ser desde la misma ciudad de Perote. Eran las 10:00 AM cuando iniciamos el camino. Después de más de una hora encontramos la carretera. En ese momento, un poco cansados, los más huevones y por lo mismo más sensatos, pensamos que si nos podían dar un aventón hasta el poblado El Conejo, el ascenso podía tener el mismo mérito que si saliéramos de Perote. Afortunadamente ese día una camioneta de redilas iba a ese poblado. En el trayecto, cuando vimos cuánto nos faltaba para llegar a El Conejo, agradecimos la sensatez de los huevones; un día completo nos hubiera tomado llegar al último poblado antes del ascenso.
Ya en El Conejo empezamos la aventura como tal; ya era pasado el mediodía. Al principio avanzamos con todo nuestro ímpetu, pero después de un buen rato nos dimos cuenta de que no iba a ser tan fácil el ascenso. Los tenis, por muy cómodos que fueran, no eran el calzado adecuado; para colmo, apenas habíamos ascendido unos metros, empezamos a sentir dificultades para respirar; cierto, es de risa, no era el Everest, ni el K2, era el Cofre de Perote, el Nauhcampatépetl, a sólo 4 mil 282 metros sobre el nivel del mar, pero sentimos que nos estaba dando el mal de montaña.
Habíamos llegado a El Conejo, poblado que se encuentra a 3 mil 900 metros sobre el nivel del mar, habíamos avanzado 100 metros y el agotamiento ya era patente. Nos quedaban por ascender 282 metros, esos 282 metros nos tomaron 6 horas, lo que significa que ascendíamos a una velocidad de 47 metros por hora; es decir, un bebé a gatas nos hubiera rebasado.
Pero llegamos, a tiempo y con un poco de luz, sin huevos porque uno de mis amigos en un descanso, fatigado, se sentó sobre el cono de huevos.
(Fin de la parte 1)
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